Vos te acordás de cuándo naciste. Vos sabés tu nombre. Vos podés ver tus ojos reflejados en los de tus padres. Vos fuiste malcriado por tus abuelos. Vos creés que es normal.
Dicen que nadie elige dónde nacer; de todos modos, si existiera una mínima posibilidad, preferiría haberlo hecho en cualquier otro lugar. Con esto no estoy diciendo que mis padres hayan sido malos, me hayan criado de forma incorrecta o me haya faltado atención. Por lo contrario, siempre se ocuparon de mí muy cuidadosamente; la falla está en que igual de cuidadosos fueron al ocultarme mis orígenes. Hasta que, claro, una crece y ya los silencios comienzan a tornarse testigos, las miradas desviadas son claras señales de vacíos y las coartadas se evidencian.
A él nunca lo conocí. Según sus amigos (a los que fui encontrando mientras los años me pasaban por los lados, sin lograr tocarme pero lo suficientemente cerca como para cambiar los espejos de mi casa) fue un idealista que luchó por los derechos de una generación o un pibe tonto metiéndose en cosas de grandes; la versión tiene tantas variantes como emisores, pero prefiero pensar que se asemejaba más al primer modelo. A ella, claro, sí la conocí, mucho más que a cualquier otro o a mí misma. Cantaba las canciones más lindas (para sus adentros; ella quería y no quería ser escuchada) y me bastaba con el ritmo acompasado de su respiración para volver a dormir, cómoda y protegida en la matriz, tan cercana y distante de la realidad en la que ella vivía.
De ese entonces se conocen los horrores más tristes y espantosos, llevados a cabo por humanoides con apoyo popular (una pésima combinación, pé-si-ma) sobre gente que definitivamente jamás merecería algo así. Nadie lo merece, ni siquiera los hijos de puta que lo impartieron en primer lugar: para ellos existen castigos peores que la muerte y la tortura. Pero no, ellos continúan impunes. En el país de los conventillos y las señoras barriendo la vereda todo sentimiento de bronca y deseo de justicia dura lo mismo que el noticiero de las ocho.
Encontrá las llaves. Abrí la puerta, salí a la calle, corré al colectivo, llegá a donde sea que quieras llegar. Dejate sorprender una vez más por el incómodo sentimiento de que dejaste algo en casa aunque tengas todo lo que necesitás, comentálo con tus amigos. ¿De qué nos estamos olvidando?
(esto fue escrito durante una clase de Lengua en quinto año, creo que se ajusta a la temática de las conversaciones de los últimos días)
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